Inicio Reportajes El Ave Fénix de la piscina

El Ave Fénix de la piscina

Tras descender a las más oscuras profundidades, Anthony Ervin logró salir a la superficie en Río de Janeiro y, 16 años después, volvió a colgarse una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos

Jack y Sherry Ervin vivían en Valencia, California, en mayo de 1981 cuando tuvieron a su hijo, al que decidieron llamar Anthony. El pequeño cuerpo de su hijo era una mezcla de genes afroamericanos y nativos gracias a su padre y judíos debido a su madre. Viendo que era un niño rebelde y falto de disciplina, decidieron apuntarle a clases de natación.

En la piscina demostró unas condiciones por encima del resto y empezó a ganar carreras, algo que en principio gusta a todo el mundo pero que él odiaba. Pronto fue diagnosticado con el síndrome de Tourette y tuvo que empezar a tomar fuertes tranquilizantes para controlar los tics nerviosos. Sus exhibiciones en la piscina llamaron tanto la atención que logró una beca de natación en la prestigiosa universidad de Berkeley, con la que mientras estudiaba el grado de inglés logró entrar en el equipo que representaría a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Sidney.

La natación es una cosa muy seria en Australia, tanto que la mitad del país sigue las pruebas de clasificación para las citas olímpicas. El centro acuático internacional de Sidney estaba preparado para ser la sede de la gran fiesta australiana de este deporte. Allí llegaron los de las barras y las estrellas dispuestos a plantar cara con, entre otros, un desconocido adolescente llamado Michael Phelps.

Ervin, como esprínter que es, competía en los 50 metros libres. En la final, con el pelo rapado, nadaba por la calle tres. Cuando se dio la salida, los ocho nadadores se tiraron al agua voraces, en busca del título del hombre más rápido en una piscina. Al final, Ervin tocó la pared en 21.98 segundos, al mismo tiempo que su compatriota, el siempre excesivo Gary Hall Jr. y dejando el bronce para el campeón de los 100 y 200 metros libres, el neerlandés Pieter van den Hoogenband. Con esa victoria no terminaba la homérica tarea de vencer a los australianos en sus aguas, porque quedaba el relevo más espectacular, el 4×100 libres.

Los americanos se presentaban con un equipo estelar: Ervin, Walker, Lezak y Hall. Los australianos replicaron con un primer largo de Michael Klim al que solo Ervin pudo seguir y, por primera vez en su vida, bajó de 49 segundos, batiendo el récord del mundo de los 100 metros libres. En una prueba muy igualada, parecía que la escasa ventaja de Thorpe no sería suficiente ante la velocidad de Hall, pero los últimos 50 metros del australiano fueron tan fastuosos que enloquecieron a todos los presentes, ya que los australianos habían defendido su fortaleza por 19 centésimas, con una victoria que se decidió por menos de una brazada.

El año 2001, en la piscina de Fukuoka, Ervin se proclamó campeón del mundo, pero su salud se resentía por los analgésicos que tomaba. Harto de que le intentaran etiquetar por su ascendencia, nadó en los Panamericanos de 2002 y abandonó la natación.

El lado oscuro

Lo que para muchos era otro caso de “fatiga del nadador”, en Ervin fue mucho más allá. No sólo abandonó la natación, sino que dejó su beca en Berkeley y decidió descubrir muchas más cosas de las que la vida le ofrecía.

Lo primero que hizo, y que él sintió como una purificación, fue subastar su medalla de oro olímpica en el portal de eBay. Los 17.101 dólares que obtuvo los donó para ayudar a los afectados por el tsunami de 2004. Después de esto, se dejó rastas, fue guitarrista de la banda de heavy metal Weapons of Mass Destruction, alternó trabajos en una tienda de discos y un salón de tatuajes. Pasó de llevar una vida de deportista, al clásico sexo, drogas y rock and roll. Tanto bebió que una vez despertó en la cárcel, sin tener la más remota idea de por qué había terminado allí. Se fracturó un hombro en un accidente de moto a 177 millas por hora, cuando colocado con LSD y cocaína trataba de escapar de la policía.

La vida de Ervin había entrado en una espiral de autodestrucción, sostenida por los amigos que le dejaban un sofá para dormir y en el que podía estar días sin levantarse. Incluso intentó suicidarse con tranquilizantes y como dice él mismo, hasta en eso fracasó.

Poco después, desde Nueva York le llamó un amigo que acababa de montar una escuela de natación para ofrecerle un trabajo como monitor. Allí, entre niños que no se tomaban nada en serio, renació su pasión por el deporte y la natación y tomó una decisión que le cambió la vida.

El regreso del hijo pródigo

Ervin, convertido al budismo y con los brazos tatuados con un dragón y un ave fénix, decidió volver a Berkeley a nadar y a terminar sus estudios en 2007. Su entrenador le dijo que le aceptaba si se sometía al programa antidrogas de la agencia antidopaje de Estados Unidos, algo que hizo sin ningún problema. Logró volver a formar parte del equipo olímpico que viajó a Londres e incluso nadar la final olímpica de 50 metros libres, en la que terminó quinto. Lejos de desanimarle, continuó nadando; atrás quedaba el joven que no soportaba saltarse un concierto de Iron Maiden o Megadeth por un pequeño campeonato de natación.

Ervin, definido como el hombre con más talento natural que ha formado parte del equipo americano de natación, no sólo se clasificó en los trials de Omaha para los juegos de Río de Janeiro, sino que fue nombrado uno de los seis capitanes.

Muchos miembros del equipo estaban aprendiendo a leer y escribir cuando Ervin fue campeón olímpico. En su vuelta a la universidad descubrió la belleza de los textos medievales y buscó inspiración en el Enrique V de Shakespeare para el discurso que debía dar como capitán.

En Río formó parte del equipo de relevo 4×100 libre que logró la medalla de oro que cuelga de su cuello, aunque él no participó en la final. Pero el gran momento estaba aún por llegar. Dieciséis años después volvía a nadar la final de los 50 metros libres. En Sidney eran Gary Hall Jr. y Van den Hoogenband los favoritos, en Río, todos los focos alumbraban al francés Florent Manaudou. En una carrera para la historia, Ervin se deslizó, en palabras de sus entrenadores, como una barracuda y en una prueba en la que los mejores hacen el largo de la piscina sin respirar, tocó la pared en 21.40 segundos, una centésima más rápido que el poderoso francés. Dieciséis años después volvía a ser campeón olímpico, el nadador estadounidense de mayor edad que logra tal éxito.

Después de los Juegos Olímpicos conoció a su hija, que nació mientras nadaba los trials. No piensa de momento en la retirada, la piscina es ahora su santuario, cuando de joven era su prisión.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here