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Caballeros del balón oval

Proyecto Alcatraz es un método de reinserción en Venezuela a través del rubgy que ha logrado proclamarse campeón por segundo año consecutivo.

Abrazados en el centro del campo. Cogidos unos a otros. No existe nada más. Solo ese momento y ellos. Sin pasado, sin historias, sin recuerdos que salgan de ese instante maravilloso. Sus miradas fijadas en el césped. Ahí se hallaba el premio de toda una temporada; una copa de color dorado que les certificaba como campeones de Liga. Su segundo título consecutivo. Una estampa que podría pasar desapercibida en cualquier país, en muchos deportes, en multitud de equipos, pero no en este verano de 2016 en el parque Eco Wild en el páramo de La Culata de Mérida en Venezuela.

Lágrimas de felicidad, quizá de las pocas que han brotado de aquellos ojos en muchos años. Abrazos, miradas cómplices que dejaban atrás los problemas entre deportistas de un mismo conjunto, sonrisas y una sensación de que habían conseguido cumplir un objetivo. “Es el milagro del rubgy, donde los villanos juegan como auténticos caballeros”, gritaba un sector de los aficionados que hacían referencia al popular dicho que siempre ha acompañado a este deporte.

Y es que en esa final de la liga venezolana entre Mérida Rugby Club y Proyecto Alcatraz había mucho más que un balón oval de por medio. Fundada en 2003 como parte de un programa de reinserción de jóvenes con problemas de conducta, la iniciativa de la Fundación Santa Teresa se ha convertido en uno de los ejemplos a seguir. Más allá de los dos títulos consecutivos logrados por Alcatraz, aquellos abrazos y lágrimas entre los componentes del equipo demostraban que, por una vez, el deporte quedaba en un segundo plano en una gran final. “Nos han dado un ejemplo de disciplina, de respeto, de trabajo en equipo para obtener resultados positivos. Buscamos erradicar la delincuencia sin violencia y transformar ese liderazgo violento en liderazgo sobre el juego”, explicaba emocionado Albert Vollmer, fundador del proyecto, entrenador y dueño de la marca Ron Santa Teresa.

El propio Vollmer no olvida cómo empezó todo. En 2003, tras un robo sufrido en su zona, localizaron a uno de los asaltantes. En aquel momento, el patrón de Santa Teresa le ofreció un pacto: dejar atrás lo ocurrido y darle un trabajo o entregarle a la policía, una propuesta que el acusado aceptó de inmediato. Meses después, ese mismo joven solicitó a Vollmer el poder seguir trabajando allí y le instó a que hiciera lo mismo con otros amigos suyos que vivían una situación conflictiva similar. Nada más y nada menos que 22 jóvenes fueron el germen de un proyecto del que nadie imaginaba hasta dónde podía llegar y que actualmente cuenta también con un programa de rubgy escolar y comunitario que da cabida a 2000 chicos.

Cada punto, un mensaje

Conscientes de que sus actuaciones tienen gran impacto, los jugadores de Alcatraz no obvian que su lucha es una demostración para todos aquellos jóvenes venezolanos que siguen en centros penitenciarios o malviven en la calle. “La meta no es anotar. Ni ganar o perder. El objetivo es dar un mensaje a todas las personas que se encuentran en alguna situación de dificultad. Todo es posible”, afirmó, tras lograr el primer título la temporada pasada, Marco Reyes, una de las grandes referencias.

Familiares que han perdido algún ser querido, profesores, instructores e incluso los propios jugadores son los encargados de reclutar a los jóvenes al Proyecto Alcatraz, que ya tiene más de 2000 personas entrenando y cuenta también con equipos femeninos. “Si ven pistolas, jugarán con pistolas. En cambio, si les damos un balón, querrán hacerlo con él”, afirman integrantes del proyecto.

Con los valores propios del rugby como su conocida deportividad, competitividad, respeto a los compañeros y al rival, nobleza, disciplina y capacidad de superación como estandartes, el proyecto Alcatraz es el ejemplo ideal de cómo el deporte puede salvar vidas de unos jóvenes que han cambiado su ira por el afán de demostrar que todo el mundo merece una segunda oportunidad.

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