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El cuento del pájaro y el hortelano

Érase una vez un esbelto pájaro que volaba más rápido que ningún otro en el reino. Cuando apenas era un polluelo, Ángel David Rodríguez revoloteaba por el pequeño parque del barrio mostoleño de Las Nieves anhelando ser inalcanzable para cualquiera que intentara seguirle. Diminuto y enjuto de complexión, su zancada era corta pero decidida hacia un sueño que adquirió mayor intensidad al contemplar el áureo aleteo en el cielo del medio fondo de Fermín Cacho. Ángel siguió los pasos de la garza soriana (cuyos mayores logros fueron en 1.500 metros) aunque con una batida de alas de una cadencia diferente, la de los esprínteres.

Su hábitat deportivo eran las distancias cortas; en los 60, 100 y 200 metros carecía de rival y dominaba con autoridad sin que nadie se atreviera a discutir su supremacía. Infranqueable en sus fronteras, trató de extender su influencia más allá de su feudo, ansiando conquistar torneos continentales e internacionales, participando incluso en unos Juegos Olímpicos, los de Pekín. Eran retos demasiado ambiciosos para un gorrión  en un imperio gobernado por águilas doradas y halcones peregrinos. Pero allí estuvo, se ganó su derecho a competir con todos ellos y volar al lado de los más grandes del firmamento.

El atleta madrileño demostró ser un auténtico prodigio de la naturaleza tocado por una varita y con un poder innato para la velocidad. Sus hazañas eran sobradamente conocidas por los lugareños desde hacía eones (en 2008 batió el récord de España del hectómetro). Juglares y trovadores deportivos solían recitar los cantares de gesta del héroe local en los programas especializados de atletismo. Su leyenda parecía eterna e insuperable.

Pero entonces apareció un hortelano que, desde su tierna infancia, llevaba sembrando sin descanso para conseguir jugosos frutos hasta entonces desconocidos para sus paisanos. El joven labrador llegó a nuestro país de un lugar muy lejano, al otro lado del mundo, de Australia, donde se trasladaron sus padres, una pareja de científicos españoles especializados en microbiología molecular. Bruno, que así se llama nuestro agricultor, acudió a los centros más prestigiosos del globo para que la semilla del atletismo enraizara y creciera con robustez. Y así fue, estudió en el Assumption Catholic School de Ontario y en la Universidad Cornell de Nueva York, donde compitió con su equipo participando en múltiples carreras.

Los mimbres de Bruno Hortelano fueron convenientemente armados por canasteros de la talla de Adrian Durant, su actual entrenador, exvelocista de las Islas Vírgenes. Contar con la preparación a jornada completa de un técnico profesional es toda una utopía para cualquier corredor universitario en España.

El 2016 se avecinaba una buena cosecha y la recolecta ni mucho menos defraudó. En el Meeting de Madrid, una de las simientes del hortelano creció tan profusamente que logró llegar más alto que el vuelo del pájaro Ángel David Rodríguez. En las semifinales de aquella cita, batió el récord de España de los 100 metros, que mejoraría en dos centésimas en la final, fijando la marca a superar en 10.06; se ponía fin así a 8 años de reinado del atleta mostoleño en esta distancia.

Si bien la producción era ya todo un éxito, quedaba comprobar si los esquejes de aspiraciones de medalla plantados en el huerto del Europeo de Ámsterdam prosperaban. El primer brote llegó en los 100 metros lisos, donde se quedó a 5 centésimas del oro y a 4 del bronce, finalizando la prueba en cuarta posición. Aunque fue en los 200 metros donde la flor se abrió por completo y brotaron de ella relucientes pétalos plateados que la descalificación del holandés Churandy Martina tiñeron de dorado. Hortelano se  subía a lo más alto del podio en su primera participación en la competición continental.

La velocidad tiene sucesor en el atletismo nacional, de eso no cabe duda. “Bruno Hortelano me va a borrar de los libros de historia”, anticipa Ángel David Rodríguez; lo único seguro es que esta historia no tiene un colorín colorado, sino un continuará…

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