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Un falso zurdo de oro

El deporte, a lo largo de su larga historia, ha padecido el sinsabor de ciertos deportistas ególatras, de otros obsesionados con llevar a cuestas el cajón más alto del podio a base de los efectos positivos que, a corto plazo, genera el dopaje en ellos; también de los que han preferido comprarlo a ganárselo, y de los que lo han abandonado para convertirse en un objeto de marketing. Pero también se ha resarcido de todos ellos apoyándose en otros deportistas que han decido agarrarse a su moralidad y sonreírle, evitando que acabase viciado de todo lo anterior.

Esa cara positiva del deporte la representa en todas sus facetas nuestro próximo abanderado en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, Rafael Nadal. El mallorquín ha demostrado sensatez tanto dentro como fuera de la pista. Ha sido capaz de escalar a lo más alto del tenis mundial conservando la honestidad que siempre le ha caracterizado. Ni su sobrada capacidad para vencer a cualquier tenista (desbancado al hasta entonces indiscutible número uno Roger Federer) ni la fama ni, por extraño que parezca, el dinero, han conseguido corromperlo.

Supersticioso y maniático, luchador incansable; una de las mentes más fuertes del deporte mundial y la peor pesadilla de sus contrincantes. Un chaval que nunca ha necesitado de otro apoyo técnico y psicológico que el de su tío Toni, siendo esto último un factor fundamental en la modestia del tenista, que varias veces ha defendido que su familia lo ha mantenido con los pies en la tierra evitando que se sumergiera en la irrealidad del mundo idílico en el que ha vivido.

Un niño convertido en adulto que ha tenido que lidiar con la parte más agria del deporte: las lesiones. Y es que, mientras más alta es la torre, más explosiva es la caída. Rafael Nadal, en estos últimos años, ha tenido que soportar el dolor de un batacazo injusto y contra el que no podía luchar. Su cuerpo dijo basta y su mente tuvo que esperar a que el primero tocara fondo para sumarse al derrumbe. La pista se le quedaba grande y los golpes, demasiado cortos, demasiado insuficientes. Rafa dejó de ser dueño de su juego.

Pero lo hemos visto resurgir de las cenizas, como lo hizo el rey Apolonio allá por el año 1230 en el Palacio de Arquitrates. Después de destronado y convertido en mendigo alcanza su hegemonía demostrando que tiene el mejor juego de tenis. Como ocurrió en 2014, en el palacio más preciado de Nadal: la tierra de París.

Por eso, el aficionado español no olvida y respeta. Y lo hace porque Rafa Nadal lo merece. Su asombroso palmarés ya lo ha convertido en una leyenda viva de la historia del deporte español. Un palmarés incansable impulsado por un ejemplar gesto de su tío tras hacerse con su primer Campeonato de España: si no quería convertirse en otro de los tantos campeones de España olvidados por el conformismo, tenía que ser justo lo contrario, un continuo batallador.

La bandera de España llevará siempre escrita la historia de un deportista de valores y valorado, de garra fina y dispuesto siempre a levantarse. Un falso zurdo que rompió todas las barreras del tenis español y mundial con su peculiar e incómodo juego. Y un puño infatigablemente vencedor que ha hecho vibrar a todo un país al unísono. ¡Vamos, Rafa!

1 Comentario

  1. Muy buen artículo escrito en justo momento, consiguiendo transortarme a épocas pasadas y momentos en los que vimos crecer a Rafa como persona y sobre todo como deportista.
    Enhorabuena por el artículo, Rafa ha vuelto a emocionarme una vez más gracias a él.

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