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La Gioconda de las dos ruedas

Alfredo Binda, el mítico ciclista de los cinco Giros, aceptó 22.500 liras para no participar en la cita italiana de 1930, ante la merma en la emoción que causaba su incontestable superioridad

A mediados del mes de agosto de 1902, concretamente el día 11, en Cittiglio, cerca de Varese, Martina daba a luz a su décimo hijo con un contratista de obra llamado Maffeo. El niño acudió desde muy joven a clase y mostraba cierto talento tocando la trompeta, aunque su verdadera pasión no era otra que la bicicleta. Había nacido una estrella del ciclismo

Su padre fue quien le enseñó a mantener el equilibrio sobre las dos ruedas, a pesar de esta afición no era muy de su agrado. Su progenitor le apremiaba para que se centrase en sus estudios en la escuela de diseño y le encauzaba a seguir practicando con la trompeta. Sin embargo, Alfredo tenía otros planes. Con sus primeros ahorros se compró una bicicleta y tuvo que solicitar ayuda a  Rodolfo Fornetti, mecánico de una tienda de bicicletas, para poder participar en sus primeras carreras.

Con los estudios terminados y su diploma bajo el brazo, recibió una carta de su hermana desde Niza para aconsejarle que se trasladara a la capital de la costa Azul, ya que por aquellos lares abundaban las ofertas de trabajo. Sin dudarlo, hizo el petate y se trasladó a Francia para trabajar la escayola y el estuco. En tierras galas prosiguió pedaleando y acudía siempre que podía al velódromo de Pont Magnam. Competía en todas las carreras de la zona, llegando a ganar treinta de ellas entre 1922 y 1924. 

La primera victoria de renombre, ante profesionales consagrados como Girardengo, Jean Alavoine o Belloni, fue el 4 de marzo de 1923, en Mont Chauve, e impresionó tanto a los reporteros locales que los periódicos franceses titularon: “El pollito venció a las águilas”. 

Para Belloni  no fue una sorpresa ya que tres años antes le había comentado a Girardengo: «Sabes, campeón, si ese hombre de Varese viene un día a Italia nos batirá a todos». Ese mismo año se inscribió para correr el Giro de Lombardía, terminando en cuarto lugar y logrando el galardón por pasar primero por Gishallo. 

Cuando comenzó el año 1925 fue llamado por la marca de bicicletas más prestigiosa del momento, Legnano, para formar parte de la escuadra que arroparía a Brunero en el Giro de Italia.  El objetivo era intentar derrotar al primer campionissimo de la historia, Constante Girardengo, que le aguardaba con ansia de demostrarle quién era el mejor.

Años de gloria

Binda se presentaba en la carrera italiana y lo primero que notó fue que las carreteras eran bastante peores que en Francia. En aquellos años, la tierra, el llamado sterrato, era más la norma que se imponía que una excepción. El 26 de mayo lograría adjudicarse la etapa entre Nápoles y Bari y terminaría el Giro como campeón dejando la hiel de la segunda plaza para Girardengo, alejado a casi cinco minutos. El lunes 8 de junio de 1925, la Gazzeta dello Sport se rendía a Binda y proclamaba en su portada: «Binda, ciclista de una nueva generación, vence en el Giro a los colosos que han dominado durante una década». Italia coronaba un nuevo campeón. Botecchia, el primer italiano en conquistar el maillot amarillo, se encontraba en el final de su carrera y Binda emergía para ocupar su lugar. Ambos eran hijos de la pobreza y ansiaban escapar del hambre pedaleando. 

La temporada siguiente, Binda impuso su ley en la clásica de las hojas muertas, el Giro de Lombardía. En el desayuno se zampó 28 huevos y ganó la carrera con una ventaja de 29 minutos sobre el segundo, a minuto por huevo. Binda era voraz no solo en la mesa sino también en la carretera. Así, en el Giro del año 27, portando la maglia tricolor de campeón de Italia, se impuso en 12 de las 15 etapas y en la general. Tal fue el dominio que en la última etapa atacó en Madonna del Gishallo y se presentó en solitario en la meta de Milán. 

Repitió en Lombardía y conquistó el primer maillot arcoíris de la historia. El 25 de julio de 1927 se celebraba el primer campeonato del mundo de ciclismo, en Nürburg, Alemania. Binda atacaba en la penúltima vuelta y el resto del pelotón solo le volvería a ver cuando pisara el escalón más alto del podio. Segundo fue Girardengo, a más de 7 minutos, y tercero, Doménico Piemontesi, a más de 10. Para completar el festival transalpino, cuarto fue Belloni.

El año 28 empezaría con una Milán San Remo dantesca. Bajo un clima invernal, Binda, con el arcobaleno sobre sus hombros, decidía atacar y atravesaba primero el Passo del Turchino, por Capo Berta y por Imperia. Parecía que tenía la Classiccissima en el bolsillo pero, por detrás, Girardengo, demostrando que jamás hay que menospreciar el corazón de un campeón, perseguía la rueda de Binda y lograba imponerse en un final agónico decidido en la misma línea de meta. Los tifossi enloquecieron con el maravilloso espectáculo ofrecido por los dos campeones. Esa Milán San Remo fue la última gran victoria de Girardengo. Binda se desquitó logrando su tercer Giro y seis etapas, dejando al segundo, Pancera, a más de 18 minutos.

Binda ajustaría sus cuentas con la Milán san Remo y la añadiría a su palmarés al año siguiente. En el Giro venció en 8 etapas y, a pesar de la oposición de Piamontesi, se impuso en la general logrando tal hegemonía que le valió ser el segundo hombre al que otorgaban el título de Campionissimo.

Liras y Arcoíris

El dominio de Binda era visto con recelo por los organizadores del Giro, ya que la carrera iba perdiendo atractivo para el público. Por ello, para la ronda de italiana de 1930 le propusieron que corriera con una bicicleta más pesada o que empezara las etapas más tarde que el resto del pelotón. Aquello no agradó a Binda, que se sintió insultado, y la dirección de carrera, sabiendo que el corredor tenía razón, decidió pagarle 22.500 liras (cantidad mayor que la que recibía el ganador del Giro) para que se quedara en su casa y no participara. Binda aceptó el dinero y puso sus ojos en Francia. En el Tour se impuso en las dos etapas pirenaicas, en la octava etapa en Pau y en la novena en Luchon, tras ascender, entre otros, el mítico col del Tourmalet. Sin embargo, se sintió estafado por la federación italiana, ya que todavía no había recibido el dinero prometido por no correr en el Giro, y decidió abandonar la ronda francesa. Esa retirada prematura le valió para preparar a fondo el  campeonato del mundo que se celebraba en una de las ciudades con más tradición ciclista de Europa, Lieja. Allí se impuso en un final apretado a su compatriota Learco Guerra y al alemán Rudolph Risch.

La temporada siguiente, 1931, fue fructífera en cuanto a pruebas de una sola jornada se refiere. Binda recordó especialmente aquella fecha al poder cumplir un lujo soñado por todo ciclista, cruzar como vencedor en la meta de San Remo portando el maillot de arcoíris, engordando así su palmarés con su cuarto Giro de Lombardía.

El año 32 vio a Binda ser, por tercera vez, campeón del mundo. La carrera se disputó en Roma y de nuevo protagonizaba otro festival italiano lanzando ataques entre las montañas del circuito, la Rocca del Papa que terminaba en la Madonna del Tufo. Era una muesca más en el historial de un ciclista que causaba sensación entre los habitantes del país de la bota. A pesar de frisar los 31 años, en 1933 Binda realiza su última hazaña y conquista por quinta vez el Giro de Italia. En esa edición hubo una novedad y es que se incluyó una etapa cronometrada, los 62 kilómetros que separan Bolonia de Ferrara. Binda pudo poner en práctica la técnica aprendida en aquellas vueltas al velódromo de Mont Magnan y venció en esa etapa y otras cinco. 

Pero ni siquiera él era ajeno al paso del tiempo. Esa fue su última temporada victoriosa. En años venideros siguió compitiendo sin opciones reales de victoria hasta que en 1936 se fracturó el fémur en una caída, lesión que supuso el punto final de su carrera ciclista como corredor.

Genio al volante

En aquel tiempo, el Tour se corría por equipos y se pensó en Binda como seleccionador del combinado nacional italiano. Al volante de su coche dirigió en 1948 a Bartali para que ‘el monje’ se adjudicara su segunda ronda gala. Al año siguiente, el Tour lo conquistó Fausto Coppi, el tercer Campionissimo, también con Binda al volante, que azuzó a Coppi para que tuviera la ambición suficiente para vestir de amarillo; Bartali fue segundo. 

Con esa victoria se sacó la espina de aquel abandono de 1930 que siempre lamentó. En el año 53 logró con Coppi el arcoíris en Lugano y en el 60 consiguió que otro transalpino, Nencini, llegara vencedor a la ciudad de la luz. Pero más allá de las victorias, Binda fue un magnífico director por manejar las tensiones en una selección con tres figuras como Bartali, Coppi y Magni. Tras pasar 22 años al volante decidió que el momento de retirarse a descansar había llegado.

El 19 de julio de 1986, Alfredo Binda, conocido como La Gioconda por su eterna sonrisa y  apuesta figura, falleció en Cittiglio, su patria chica, y se convirtió en mito. Muchos de sus récords todavía hoy no han sido superados. Se impuso en 5 Giros, gesta solo igualada por Coppi y Merckx, y en tres mundiales, honor que comparten Merckx, Van Steenbergen y Oscar Freire. También será recordado por su personalidad, un carácter que le llevó, tras cruzar la línea de meta en una extenuante carrera, a arrebatarle a un miembro de la banda de música la trompeta y tocar unos acordes. 

En el lago de Maggiore hay un museo dedicado a su persona y un busto le recuerda en la explanada de la basílica de Madonna del Gishallo, patrona de los ciclistas y testigo de alguna de sus exhibiciones. Binda, el hombre de gafas de aviador  y tubulares cruzados en el pecho como si fueran carcaj llenos de flechas, fue el primer gran héroe ciclista de Italia.

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