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Una España de porte poco femenino


El inconsistente mantra de la igualdad de género como hecho consumado en el deporte sigue chocando con una realidad mucho más tozuda e incuestionable. Pese a que nuestra selección es una de las potencias mundiales del baloncesto, únicamente se televisó el tercer y definitivo partido de la final por el título de la Liga Femenina. Más llama la atención lo sucedido hace escasamente unos días en la rueda de prensa del técnico del Athletic de Bilbao de fútbol femenino, Joseba Agirre. Tras varios minutos de espera, decidió suspender su comparecencia previa a un partido crucial para el desenlace de la Liga al no hallarse ni un solo medio de comunicación en la sala. Muy sintomático; dos ejemplos actuales de un escenario clásico.

La retransmisión en directo de eventos como la final del Mundial de bádminton femenino se ha erigido en patente de corso para quienes legitiman la falacia de un escenario idílico donde la equidad es el telón de fondo. Los éxitos de Carolina Marín a nivel internacional equivalen a que un Manor gane un Gran Premio de Fórmula 1 o que el Club Balonmano Cangas se proclame campeón de la Asobal; casi una utopía. Y es ese el motivo del boom informativo de los últimos meses, su carácter excepcional. Es decir, para adquirir reconocimiento mediático y social el rendimiento de una deportista debe romper las barreras de lo improbable y rozar los límites de lo imposible.

La onubense es la primera española y la tercera europea en conquistar el cetro mundial, siendo capaz de cuestionar un dominio aplastante de las asiáticas; proeza superlativa, especialmente en una época donde la mayor profesionalización convierte las sorpresas de este tipo en raras eventualidades de escasa incidencia.

Nuestras deportistas están sujetas a la tiranía del resultadismo, catalizador de un resquicio efímero de notoriedad o desencadenante del habitual ostracismo. Pero ni siquiera la excelencia garantiza repercusión, como es el caso de Marina Alabau, campeona olímpica, mundial y europea de windsurf, huérfana de una atención acorde a su palmarés.

Según datos del informe Deporte y Mujeres en los medios de comunicación (CSD), solo un 6% de las noticias publicadas mencionan a nuestras deportistas por el 94% de informaciones con protagonistas masculinos. Un dato demoledor que resume los dos vectores de esta realidad; por un lado, la evolución indiscutible de nuestras competidoras y, por otro, la flagrante descompensación respecto a visibilidad y ponderación social de ese progreso.

La polémica, los escándalos, las situaciones embarazosas, cómicas o violentas suelen monopolizar las noticias de actividades deportivas con presencia femenina, centrándose en lo anecdótico. Aunque es el componente sexual el correoso tópico que acosa a la mujer distorsionando su desempeño, totalmente supeditado a una connotación erótica que minusvalora el rendimiento. La mercantilización del cuerpo de la mujer jalona al deporte, que sigue los mismos patrones impuestos por la publicidad y el discurso televisivo.

Sirva como ejemplo el vóley playa, estigmatizado por la sensualidad, donde dos figuras semidesnudas acaparan todos los recursos técnicos de realización audiovisual para ensalzar ese atractivo potencial a través de planos sugerentes y tomas a cámara lenta. De este modo, se sepultan elementos como la dificultad, el esfuerzo, las habilidades y el duro entrenamiento que hay detrás de esas competiciones.La cosificación femenina y exaltación del servilismo a las audiencias masculinas está naturalizado en la mayoría de los eventos deportivos, incluso en la organización de los mismos. Una prueba evidente son las mujeres florero encargadas de sujetar los paraguas que protegen del sol a los pilotos en la parrilla de salida de un circuito o las azafatas rociadas con champán en los podios como parte del protocolo de celebración. Sin olvidar el fenómeno cheerleader, bailarinas que entretienen al público en los tiempos muertos usando sus sugerentes atuendos y contoneos para amenizar la espera.

Un paso más allá en la institucionalización del machismo en el deporte se sitúa la conocida como Lingerie Bowl. La antesala de la Super Bowl de fútbol americano consiste en un partido de exhibición protagonizado por jóvenes modelos uniformadas con un casco, hombreras protectoras y ropa interior.

Nuestras deportistas divisan la línea de meta de la equidad en un horizonte lejano y difuso, sometidas a un recorrido maratoniano trazado por los estereotipos. A pesar del potente sprint del deporte femenino en los últimos años, les sigue separando del podio del reconocimiento un profundo abismo de educación social.

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